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Curiosamente, durante mil ochocientos cuarenta y seis se estaban realizando una serie de explosiones nucleares en el atolón del archipiélago de las islas Bikini, en el Pacífico Sur, y la prensaba saturaba a los lectores de noticias relativas a dichas pruebas. El día del lanzamiento de su exclusiva línea de trajes de baño, Réard le preguntó a su modelo (Micheline Bernardini, bailarina y desnudista del casino de París, ya que ninguna modelo profesional se prestó a desfilar indumentaria tan poco decorosa), cómo podrían bautizar a la innovadora prenda. Bernardini señaló que el atuendo en cuestión sería "más explosivo que la bomba de Bikini". A Réard la asociación le resultó ingeniosa y decidió adoptar el nombre de "bikini" para su invento.
Prohibido en 1951, luego del concurso de Miss Universo, el bikini comenzó a considerarse de mal gusto, pero el hecho de que Brigitte Bardot lo eligiera para sus vacaciones en Saint Tropez y Cannes contribuyó bastante a levantar el interdicto. Su papel en "Y Dios creó a la mujer", film de 1957, convenció a miles de mujeres de las ventajas de la bikini (no es precio mencionar qué opinaron los hombres). Casi completamente al descubierto, el cuerpo de Brigitte era una certeza concreta; su glamour natural refutaba objeciones en silencio.
Gracias al nacimiento de la lycra, fibra que tiene la capacidad de extenderse hasta 6 veces su longitud orinal, el bikini multiplicó sus posibilidades. Con la libertad, de expresión y la apertura política y social llegan el top-less desde Europa y la tanga, oriunda de Brasil. En la actualidad, mientras el bikini se reduce a su mínima expresión, las opciones se multiplican. Para muchos, constituyen la prueba inobjetable de que, en ciertos casos, menos es más.
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